Me encanta llegar a casa con esta sensación, que retumben las paredes cuando avanzo hasta mi cuarto, que no se oiga absolutamente nada y saber que me meteré en la cama con el zumbido del viento replicando ventanas. Me gusta desvestirme poco a poco, notar el frío que saluda por los pies y se despide por las manos, sentarme en el colchón y notar el calor de las sábanas abrasando mis pies y cosechando esperanza.
Pero odio acostarme en la cama. Jamás pensé que añoraría las noches de insomnio, que echaría de menos dar vueltas. Odio hacer inventario del día a día y, sobre todo, hacer inventario del pasado. Odio esos nombres en mi cabeza cuando apoyo la cabeza en la almohada y saber que, una vez más y sin que lo pueda remediar, mi sonrisa se desvanecerá, ahogada en la noche, alumbrada por la oscuridad y apretando sus labios deseando tachar un día más.
Orihuela, abril del dos mil nueve.
Pero odio acostarme en la cama. Jamás pensé que añoraría las noches de insomnio, que echaría de menos dar vueltas. Odio hacer inventario del día a día y, sobre todo, hacer inventario del pasado. Odio esos nombres en mi cabeza cuando apoyo la cabeza en la almohada y saber que, una vez más y sin que lo pueda remediar, mi sonrisa se desvanecerá, ahogada en la noche, alumbrada por la oscuridad y apretando sus labios deseando tachar un día más.
Orihuela, abril del dos mil nueve.

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