lunes, 6 de abril de 2009

Itsasoa ta askatasuna

¿Dónde quedan las palabras que no se dicen? ¿Quedan acaso amontonadas en el polvo de la memoria, esperando la descomposición de su sonido como aquel que llora por lo que nunca tuvo, echando de menos lo que nunca conoció? Siento el vacío que me delata y que pudre mis entrañas, y la roca arrancándome unas uñas negras hartas de caminar. Los pies y el aliento me duelen, y se fatigan cada vez que piensan en todo lo que tuve que andar. Cuando miro atrás a ese camino de huesos y piedras, piedras del corazón de los cadáveres que cedieron su marfil al asfalto, lloro y araño y corro y odio cada milímetro de mi pesar, suplicando ácido a las arañas que tejen mi piel, e implorando al cielo un segundo de virtuosismo y grandeza, un segundo de tormenta que me haga estar en armonía con el aire de mi alrededor. Y gritando rasgo mi voz, y espero, desnuda, en silencio, sin ojos y con oídos, a que esa agua purificadora se lleve para siempre las palabras nunca dichas que alimentan la boa del dolor.


Gris Bilbao, julio del dos mil ocho.

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